¿Por qué la enredadera?

Me críe en una casa de la huerta murciana. Su fachada estaba totalmente cubierta por una enredadera. En los distintos sitios en los que he vivido, siempre he tenido una enredadera cerca, recordándome mis raíces y su fuerza, y en cuanto pude me hice con una propia que ahora invade mi balcón.

Así que he podido observar a esta planta durante mucho tiempo, y poco a poco fui identificando muchas semejanzas con el proceso personal, tal y como yo lo entiendo.

Nacemos en un determinado entorno, y de él vamos recibiendo distintos nutrientes emocionales, unos sanos y otro no tanto (relaciones familiares, normas sociales, amigos, relaciones de pareja, etc), y nos vamos enredando.

La mayoría de nosotros y nosotras, llegamos a la edad adulta sin tener consciencia de los enredos sobre los que hemos construido nuestra vida. Según sea nuestro carácter, unos aprendemos a adaptarnos a las exigencias del entorno, otros a revelarse totalmente contra ellas de manera reactiva; en ambos casos sin tener consciencia de cuál es nuestra auténtica necesidad, de cuáles son nuestras emociones y su función, y con muchas dificultades para asumir la responsabilidad de nuestras vidas.

Así, llega un momento en el que podemos perder la dirección, y en vez de crecer hacia arriba, empezamos a enredarnos sobre nosotros mismos, perdemos la perspectiva, culpamos a las circunstancias y a los demás de nuestra desdicha, sentimos que no llega la luz, que nada nos nutre, nos marchitamos. 

Para poder reencontrar la dirección, hay que tratar de identificar y aceptar cada uno de los enredos sobre los que hemos ido creciendo, contactar con la propia necesidad, revisar como está el terreno sobre el que echamos nuestras raíces, de que abono nos estamos nutriendo y sobre que muros o estructuras nos estamos apoyando.

Para mí, la clave es ir viendo cómo se fueron formando esos enredos, entenderlos, aceptarlos como parte de nosotros, tomando consciencia de cómo pueden estar influyendo en lo que sentimos hoy, en como afrontamos la sequía y las plagas que a veces no trae la vida, en las decisiones que tomamos, en el tipo de relaciones que mantenemos… poniéndolos en su sitio, uno en el que no ensombrezcan nuestra autenticidad y esencia, ni nos impidan seguir avanzando, para desde esa consciencia establecer una relación más sana y serena con nosotros mismos y con nuestro entorno.

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